Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2020

Notice biographique de M. Miguel Beltrán Villalva
par 

Miguel Beltrán Villalva

por el Prof. D. Cristóbal Torres Albero

Hace justo un año llegaba la noticia de la concesión del Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2020 al profesor Miguel Beltrán Villalva. Algo que, en medio de la zozobra que nos acompaña durante este último bienio, ha llenado de gozo y satisfacción a un amplísimo número de sociólogos y politólogos para quienes el profesor Beltrán es un permanente ejemplo a imitar por su lucidez y finura en el estudio de la sociedad, la paciente e infinita dedicación docente, y su altruismo, rectitud y bondad en la relación personal.

Miguel Beltrán comenzó la andadura académica en su Granada natal, y en un lejanísimo 1957, como profesor ayudante de derecho político apuntando ya maneras, pues ese mismo año fue premio extraordinario de licenciatura. Honor que un tiempo después repetiría al completar sus estudios de doctorado. Y se jubiló, como catedrático de sociología en la Universidad Autónoma de Madrid, en un también ya lejano 2006. En el medio siglo que separa ambas fechas, y entre otras muchas tareas, logros y responsabilidades, fue director del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Autónoma, espacio universitario en el que ha profesado durante más de cuarenta años.

Incluso a sus actuales 86 años sigue como profesor emérito, manteniendo abierto y tan ordenado y acogedor como siempre su despacho, famoso en la Facultad por tener siempre la puerta abierta de par en par para estudiantes y colegas.

Desde la perspectiva del quehacer científico, sus investigaciones han dado lugar a un total de 16 libros, 4 de ellos en coautoría, 7 compilaciones y 131 artículos, capítulos de libros u otras publicaciones. Su último libro lo publicó en 2016, es decir, diez años después de su jubilación formal. Con motivo de la misma, todos sus compañeros y discípulos nos coordinamos para editar un libro homenaje que el CIS publicó y en el que participaron un total de cien colegas como reconocimiento del triple vínculo, intelectual, magisterial y amical, que mantenemos con él.

Pero el trabajo de Miguel Beltrán a lo largo de este medio siglo no se ha limitado a su actividad científica y académica. Al inicio de la década de los sesenta España seguía teniendo una universidad propia de una sociedad preindustrial. Esa misma que, referida a finales del siglo XIX, tan magistralmente caricaturizó Pio Baroja en el inicio de su novela El árbol de la ciencia. Por eso no sorprende que en 1963 ingresara, y de nuevo como número uno de su promoción, en el cuerpo de Técnicos de la Administración Civil del Estado, en el que se mantuvo activo y compatibilizándolo con su condición de profesor hasta la obtención de la cátedra en 1982.

En esta hibridación entre su carrera en la función pública y su trayectoria académica fue secretario general de la Universidad Autónoma de Madrid de la mano de su primer rector, el profesor Luis Sánchez Agesta; así como del Instituto de la Opinión Pública, el antecedente del actual CIS, al lado del profesor Francisco Murillo Ferrol. Como reconocimiento institucional de toda esta carrera en la función pública le fueron concedidas la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil y la de la Orden de Alfonso X el Sabio.

No es de extrañar este reconocimiento puesto que el desempeño de Miguel Beltrán, como personal de la Administración General del Estado y profesor universitario, ha estado siempre presidido por la previsión, la diligencia, la competencia técnica y, en suma, la eficiencia y racionalidad, conforme a los rasgos con los que Max Weber caracterizó la práctica ideal de los funcionarios en la administración legal-racional, la propia de los países modernizados. Pero, además, ha conseguido aunar estos principios formales con una orientación moral de su vida que, siguiendo de nuevo a Weber, fluye sin solución de continuidad entre la ética de la convicción, en su caso de una convicción democrática y neutral respecto de la contienda partidista, y la ética de la responsabilidad que el doble vínculo de servidor público y profesor le ha impuesto.

Un breve recuerdo ejemplificará mejor estas abstractas palabras. En su época de secretario general de la Autónoma, allá por finales de los años sesenta, le tocó hacer frente a la gestión de las multas y expedientes de sanción que una autoatribuida autoridad gubernativa imponía a los profesores más activos contra la dictadura. Su imaginativa solución paso por conseguir, aunando las éticas de la convicción y de la responsabilidad, que dichos expedientes se mantuvieran de manera permanente en la cola de los asuntos que él, como secretario general de la universidad, tenía la obligación de diligenciar.

Los sociólogos sabemos bien que, más allá del valor singular de cada persona, las acciones individuales solo se despliegan y toman sentido en un contexto social e histórico concreto. Y las del profesor Beltrán, así como las de otros muchos destacados profesores de su generación, fue la meritoria e impagable tarea de sacar a la sociología y a la ciencia política españolas de la desinstitucionalización y su correspondiente atonía sustantiva que la Guerra Civil, entre otros muchísimos males para nuestro país, había provocado. Situación que veinte años después de la fratricida contienda todavía persistía.

Uno de los nichos académicos que más decisivamente contribuyó a cambiar para bien esta situación fue la llamada Escuela de Granada, que arrancando de precedentes como Fernando de los Ríos y Francisco Ayala, incluye, entre otros, a profesores de la talla de Enrique Gómez Arboleya o los ya referidos Sánchez Agesta y Murillo Ferrol, y que se prolonga en una larga serie de constitucionalistas, politólogos y sociólogos coetáneos, discípulos todos ellos del profesor Francisco Murillo Ferrol.

El profesor Murillo, para sus íntimos Don Francisco -como señaló con gracia Amando de Miguel-, ha sido sin ninguna duda el maestro más sobresaliente de Miguel Beltrán. La consideración intelectual y afectiva que le ha profesado, y diría que hasta su devoción personal, es otra prueba de la honestidad y bonhomía de Miguel.

Es en esa filiación académica en la que el profesor Beltrán ha desarrollado una concepción de la sociología tan fina y fértil para el avance de las ciencias sociales como la que supone la noción de Realidad Social, una trama de relaciones y estructuras sociales densa, compleja y heterogénea en su configuración a partir de la interacción entre las lógicas de la acción social y las dinámicas de la estructura social.

Y, de manera coherente con la anterior, la idea del Pluralismo Teórico y Metodológico en la aproximación comprensiva y explicativa de dicha realidad social que sustantivó, entre otras publicaciones, en su conocido artículo “Cinco vías de acceso a la realidad social”, en el que fundamenta una aproximación pragmática e integradora de las exigencias del más amplio canon científico con las singularidades y propiedades de lo social, entre las que destacan las relaciones de valor. Todo ello con el fin de trazar el mapa de esa realidad social, en la que la atención al Estado del bienestar, a la estructura y la desigualdad social, a la Administración pública y a los problemas del Estado y la política, u otros muchos temas vinculados al conocimiento, la ciencia, la cultura, amén de lo ya referido sobre la teoría social y la metodología de las ciencias sociales, son una constante en su trabajo.

En definitiva, Miguel Beltrán enseña en su obra que es posible dar cuenta de la sociedad sin renunciar un ápice ni a las exigencias explicativas del quehacer científico, ni a los aprioris valorativos y empáticos de nuestra condición humana.

¿Y qué puede decirse de su magisterio como docente? Solo baste recordar aquí lo que el profesor José Juan Toharia - compañero suyo durante muchos años en la Autónoma y también otro de nuestros maestros- siempre ha dicho de él, que “habla con tanta precisión como escribe”.

Termino. En el acto de entrega del premio nacional al profesor Emilio Lamo de Espinosa, celebrado en marzo de 2017, finalizaba mi intervención con una doble declaración de optimismo acerca del futuro de las ciencias sociales en nuestro país y de nuestra querida España. Nada ha trastocado la primera parte de aquella afirmación. Más bien lo contrario, dado que suma y sigue la evidencia de esta meliorativa trayectoria, como la entrega de estos dos premios nacionales pone de manifiesto. Pero por lo que hace a la segunda parte de la misma, es de sobra conocido que algunos acontecimientos queridos y no queridos de la acción social han puesto a prueba no solo la condición comunitaria de nuestra identidad española sino incluso la salud pública mundial.

Pudiera decirse que el profesor Murillo Ferrol me recuerda, desde el más allá, las ventajas de mostrarse siempre pesimista, como gustaba él de insistir con unos dichos tan imaginativos como refinados que son ya célebres en nuestra academia. Recordemos, por ejemplo, aquel que con su sobria gracia granadina le gustaba siempre de enunciar: “Por una vez soy optimista en mi vida y es acerca del futuro del pesimismo en el mundo”.

Pero el profesor Miguel Beltrán, desvinculándose por una única vez de su querido Don Francisco, también nos ha enseñado a quienes nos consideramos como sus discípulos a combinar el escepticismo de su maestro, ineludible en nuestro trabajo como científicos sociales, con las ventajas de pensar en términos optimistas para afrontar con prudencia y pragmatismo, a la par de con clarividencia y decisión, los contratiempos y retos del devenir de nuestras complejas y contradictorias sociedades coetáneas.

Esta vitalidad y la confianza que emerge de la condición democrática y legal de nuestro sistema político, de la prevalencia de una concepción amplia de la ciudadanía plena de derechos sociales, y de la centralidad de la lógica científica y su aplicación técnica en la orientación de la acción pública y privada, me permiten ahora renovar este sentimiento de optimista esperanza para evitar repetir los errores de nuestra historia, así como para saber identificar y elegir la senda que depare el mejor futuro posible a nuestra común ciudadanía española.

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